martes, 31 de mayo de 2011

Mujeres Budistas de Argentina


Ana de Tanti, Córdoba, es una monja budista soto zen perteneciente a la sangha liderada por el maestro Kosen Tibeaut. 

Comenzó su práctica hace más de veinte años en lo que era el Dojo de la calle Guatemala, en la ciudad de Buenos Aires, que estaba a cargo del monje Mariano Yacobone. 
Días después de iniciar la práctica,  y en un momento de distensión,  alguien le preguntó por qué había comenzado a practicar a lo cual respondió sin pensar: "No lo sé,  pero sí sé que no dejaré nunca de hacerlo".

Así continuó año tras año sentando, con idas y vueltas en asuntos familiares, con prácticas y experiencias espirituales simultáneas a su práctica de meditación zen,  hasta que hace unos años atrás decidió dejar la ciudad y radicarse en su casa de Tanti.- Esta pequeña ciudad se encuentra próxima al templo Shobogenji donde la sangha del maestro Tibeaut realiza entre otros los retiros de verano. 

En su casa, Ana abrió un espacio para difundir y realizar la práctica de meditación budista. Su compromiso con el camino del despertar la lleva en el año 2008 a tomar los votos de monja budista. Además, desde hace dos años estudia caligrafía en la asociación japonesa de Córdoba con sensei Satoko, guardando la esperanza de que en algún momento sus conocimientos puedan ser de utilidad.

Algunos días, va al fondo de su casa, una zona amplia a cielo abierto, llevando el almohadón para sentar en una mano e incienso en la otra,  y aunque el frío sea bravo ella sienta "sin concesiones,  para el bien de todos y porque sí".-

Dojo de Tanti 
San Martín 393 Córdoba, Argentina
Responsable: Ana Giri Contreras  anagiri@hotmail.com

MujeresBudistasArgentinas

lunes, 23 de mayo de 2011

Ven. Ancestra en Tiempo de Buda

PATACHARA


Patachara era la hija única de una familia adinerada de la zona de Nepal en los tiempos de Buda Shakyamuni.
Su padre era un banquero de la ciudad de Shravasti y, como tal,  había arreglado su matrimonio con un hombre rico mayor que ella. Pero Patachara ya estaba enamorada, había entregado su corazón a un hombre joven que era sirviente de su padre.

Cuando la fecha de la boda se estableció, ella y su enamorado decidieron fugarse, huyendo hacia un poblado del otro lado del río.- Ahí se acomodaron en una humilde choza de barro. Tenían por muebles apenas una cama, algunos bancos y unas pocas vasijas donde almacenaban los escasos alimentos.-

 La vida no le era fácil. Al ser una mujer casada con un hombre de una casta inferior, había quedado deshonrada. Pero ella era feliz: amaba a su marido.  Luego de un tiempo Patachara quedó embarazada y quiso regresar a su hogar paterno ya que era costumbre que las mujeres diesen a luz a los niños en la casa de sus padres, pero su marido no lo aprobó.-  No obstante cuando nuevamente volvió a quedar embarazada, aunque al principio se había resistido, él aceptó y emprendieron el viaje hacia la casa de los padres de Patachara.-

Durante el camino de regreso se desató una fuerte tormenta. El marido decidió ir a buscar hojas de palmera para construir un refugio donde pasar la noche, pero nunca regresó. Ella lo espero con ansias pues su preocupación aumentaba con el paso de las horas y también los dolores, debido al comienzo del parto.
Así, Patachara, entre viento y lluvia, dio a luz a su segundo hijo. Exhausta, permaneció cuidando a ambos niños hasta que llegó la luz del día. Juntando fuerzas tomo a los niños y fue en busca de su marido solo para descubrir que éste había muerto a causa de la mordida de una serpiente. Todo un día y una noche estuvo al lado del cuerpo inmóvil hasta que decidió retomar la marcha. Confiaba en que podría comenzar una nueva vida junto a sus padres y sus dos hijos.-

Al llegar  a la vera del río vio que éste había crecido y que estaba muy caudaloso. No se animó a cruzarlo con los dos niños a la vez, por lo que decidió dejar al mayor en un lugar firme y cruzar con el recién nacido.- Cuando llegó a la otra orilla dejo al bebé sobre un manto de hojas para rápidamente ir en busca del otro niño, pero cuando ya había dado unos paso dentro del río vio que un águila se precipitaba desde lo alto hacia donde estaba el bebé, Patachara comenzó a gritar y realizar movimientos para ahuyentar al ave, pero fue en vano.
En un instante había tomado al niño con sus garras y se alejaba volando del lugar.- Patachara estaba desesperada, rota de dolor, sintiéndose impotente. Entre lágrimas y gritos recordó a su hijo que había dejado del otro lado del río. Cobrando nuevamente fuerzas emprendió la marcha hacia la otra orilla pero mientras hacia esto vio que el niño era arrastrado por la corriente. Los gritos y gestos de su madre le habían hecho creer que lo estaba llamando y se había internado en el río.

Después de todo esto estuvo vagando sin rumbo, como anestesiada por tanto dolor. Cuando retomó su marcha encontró a un hombre de la aldea de sus padres, lo llamó y le preguntó por ellos, explicándole que regresaba a su viejo hogar. El hombre, con profunda tristeza, le contó que la tormenta había derribado el techo de su casa y que todos habían muerto, e incluso que en ese mismo momento estaban siendo quemados en la pira funeraria.

Su mente comenzó a girar y girar, ya no tenía a nadie en el mundo, había perdido a todos sus seres amados, ya no le quedaba nada, ya no podía caer más bajo. Así fue como comenzó a formar parte de la casta de los “intocables” todos aquellos seres que no poseían decencia humana. Formó parte de lo peor de la humanidad, se convirtió en un espíritu loco, una paria entre los parias. Se arrancó la ropa mostrando su desnudez. La gente le lanzaba barro y basura y le gritaban que se fuera. Ella estaba presa del mundo del dolor, no entendía lo que le decían, vagaba en círculos día tras día. Se perdía por los campos de arroz. Desnuda, sucia, y cada vez más delgada, llegó hasta la ciudad de Varanasi. Los edificios, las columnas, las calles estrechas, parecía que la empujaban hacia el río.- Al llegar a su orilla vio nuevamente todo los acontecimientos que le habían provocado tanto dolor y comenzó a gritar y golpear la superficie del agua, insultando y maldiciendo.-

En ese estado estaba cuando el Buda Shakyamuni la vio. Los que estaban con él le instaron a que no le prestase atención ya que estaba loca desde hacia tiempo, pero Sidhartta no podía ignorarla, y entró al agua y le tocó el hombro diciéndole “Hermana, recupera el ánimo”. Súbitamente,  como despertando de un sueño ella se vio sucia y desnuda, la vergüenza fue tal que cayo al suelo suplicando “Sálvame de este dolor”. A lo que Sidhartta respondió “No puedo ayudarte en eso. Nadie puede hacerlo. Nada puede evitar el dolor y la perdida. Tu estás aferrada a algo que no se puede mantener, que nunca hubieses podido mantener”.- Ella dejo de llorar, un monje se acercó y le dio su manto y Patachara se puso de píe.- Buda Shakyamuni agregó “Es mejor saber la verdad sobre el mundo y vivir un solo día,  que vivir cien años sin ella”. Mientras escuchaba estas palabras como si fuesen un susurro sucedió dentro de ella una transformación, como si se hubiese transmutado en una persona que en su próxima vida alcanzará la iluminación.

Patachara se unió a la sangha de las mujeres. Lentamente fue madurando, aunque sin encontrar la paz completa, incluso luego de años y años como monja. Estaba feliz pero le faltaba algo. Un día, lavándose los pies en el río, fue golpeada profundamente por la forma en que éste corría en su cauce. Ella rememoró lo sucedido a sus hijos, comprendió que algunas personas mueren siendo niños, otros en su juventud y otros ya viejos, pero que todos, al final, mueren. En la noche, vio cómo la mecha de la lámpara se consumía poco a poco y despertó plenamente. Vio cómo la forma se desvanecía, no como una pérdida trágica sino como parte de la naturaleza de las cosas. Comprendió que el cambio en sí mismo es lo que no cambia.  La llama en la lámpara extinguiéndose le hizo comprender que la forma en sí misma es vacío y que el vació en si mismo es forma que cambia, y que ambos están unidos.- Su mente se liberó en el instante en que la llama se apagó.

Patachara se convirtió en una maestra muy influyente, enseñó el Dharma a incontables mujeres. Muchas de sus discípulas se convirtieron en maestras. Se le permitió ordenar a mujeres, muchas de las que la seguían también habían perdido a sus hijos. En una oportunidad una mujer se le aproximo llorando, ella le tomo la mano y le dijo:
“Pregúntate a ti misma ¿de dónde vino tu niño a pasar un breve tiempo respirando aquí?”
“Venimos a una senda y vamos a otra. Morimos y pasamos a otro nacimiento. Uno a uno los corazones de las mujeres se suavizan en paz”.-




¡Gracias! María Rosa Maldonado
Adriana Etsuho